¿Transformarán a China las políticas comerciales de Trump?

Por James Gorrie

Opinión

¿Acaso las nuevas y estrictas políticas comerciales del presidente Donald Trump harán pedazos los sueños del régimen chino de superar a Estados Unidos en el dominio mundial?

Es posible.

Aquellos que piensan que Trump carece de una perspectiva estratégica o que el siglo XXI pertenece a China podrían querer pensarlo de nuevo. Puede que haya más contenido en las políticas de Trump que la de preservar los puestos de trabajo en el sector manufacturero de Estados Unidos. Mucho más.

Para empezar, las negociaciones comerciales de Trump desmienten la aparente inevitabilidad de la supremacía de China y revelan su verdadera fragilidad económica. Y esa fragilidad apenas comienza a verse. El aclamado PIB de China está cayendo, y algunas estimaciones lo sitúan alrededor del 4 por ciento, no en el habitual 6 o 7 por ciento esperado. Pero dada la mentira incorporada en los registros contables del Partido Comunista Chino (PCCh), incluso el 4 por ciento puede estar exagerando los resultados.

Por otra parte, si Trump se sale con la suya, los aranceles estadounidenses no serán el único obstáculo comercial al que se enfrentará China.

Sin embargo, la reacción del mandatario chino Xi Jinping ante los aranceles de Trump es reveladora. En lugar de pensar en cómo hacer más competitivos los productos chinos, la principal preocupación de Xi, como recientemente comunicó a los líderes del Partido, es mantener el “control” sobre China. Lamentablemente, eso es comprensible; Xi se encuentra en una posición muy difícil y delicada.

Por un lado, si liberara el verdadero poder de su pueblo aumentando el libre flujo de información, ideas y actividad económica, la economía china sin lugar a dudas crecería de manera rápida y mucho más eficiente. Pero eso requeriría renunciar al control del Partido sobre la economía, lo que disminuiría su poder y legitimidad.

Tal posibilidad incluso probablemente haría que tanto el Partido como la posición de Xi como ‘emperador’ fueran irrelevantes, incluso reaccionarios. Al PCCh le resultaría difícil o imposible controlar esas fuerzas (ver Plaza Tiananmen, 1989).

En efecto, mantener el control ha sido una de las principales preocupaciones del PCCh durante años. El gasto en seguridad interna superó a todos los presupuestos de defensa exterior de China desde al menos 2011, y sigue creciendo. Las consecuencias de la inestabilidad interna para el PCCh son, en términos Trumpianos, ENORMES.

Por otro lado, la decisión de Xi de aumentar el control del Partido sobre la economía, convirtiendo las empresas privadas más exitosas en empresas estatales (asegurando al mismo tiempo la lealtad entre los beneficiarios del Partido y transfiriendo el poder fuera de la clase comercial), como así también la de inyectar más estímulo para proyectos de infraestructura inútiles, tienen el mismo sabor que los fracasos ocurridos en el pasado.

El robo de empresas exitosas por parte del PCCh destruyó billones de dólares de valor económico, ya que los miembros del Partido transfieren las ganancias fuera del país, a bancos y bienes raíces occidentales. Y cientos de indeseadas ciudades fantasmas y puentes construidos que no llevan a ninguna parte tuvieron poco o ningún impacto económico a largo plazo. Ninguna de las dos alternativas es una solución, pero puede provocar un rechazo por parte de la gente, desencadenando la inestabilidad que Xi con tanta razón teme.

La realidad es que la reacción de Xi a las políticas de Trump revela su reconocimiento de un desafío aún mayor por parte de Estados Unidos. Él sabe –y teme– que las políticas de Trump no son simplemente aranceles provisionales contra productos chinos, sino potencialmente el comienzo de un cambio de política estadounidense más arraigado y a largo plazo.

La estrategia de Trump podría incluir no solo una retirada más amplia de China, lo que negaría el mercado estadounidense a las exportaciones chinas, sino un plan estratégico a largo plazo para aislar a China de todos los principales mercados occidentales.

Por supuesto, a raíz de los aranceles de EE.UU., China está tratando de mantener y, si es posible, aumentar el comercio con la Unión Europea. Pero eso puede ser más problemático de lo que aparenta. Esto se debe a que las condiciones en los recientes acuerdos comerciales de EE.UU. que Trump hizo con Canadá y México hacen que el comercio con una “economía no de mercado” (como Trump define a China) rompa el acuerdo. Trump está buscando implementar las mismas condiciones en las negociaciones comerciales de Estados Unidos con el Reino Unido, la UE y Japón.

Forzar a elegir

A diferencia de las estadísticas falsas del PIB de China, no es exagerado decir que Trump está intentando reestructurar fundamentalmente el alineamiento económico –y por lo tanto estratégico– del mundo, obligando a las principales economías occidentales a elegir entre comerciar con China o con Estados Unidos.

La estrategia tiene sentido en una variedad de niveles.

¿Por qué las naciones desarrolladas deben permitir que su tecnología, propiedad intelectual, base industrial y empleo sean usurpados por una nación que obtiene ventajas a través del robo, el engaño, la ilegalidad, la persecución y el trabajo esclavo? ¿Por qué deberían hacerlo mientras en gran medida se les niega el acceso al enorme mercado chino?

Los efectos de las prácticas mercantilistas de China han sido considerados desde hace mucho tiempo por los socios comerciales occidentales como una manera de perder cuota de mercado, disminuir la capacidad de producción, aumentar el desempleo y perder influencia en el mundo. ¿Cómo puede ser eso un comercio abierto o justo?

Además, ¿por qué estas mismas naciones –especialmente Estados Unidos y Japón– deberían estar simultáneamente amenazadas militarmente por China?

Y en el futuro, ¿cuál de estos países –por no mencionar a las naciones del vecindario de China y las ya sometidas naciones de África y Sudamérica en las tendencias neocoloniales de China– desearía ver un mundo dominado económica y militarmente por una China hostil?

Eso puede ser lo que está impulsando la guerra comercial de Trump con China.

No hace mucho tiempo –el año 2000– que Estados Unidos, el Reino Unido, Europa y Japón se las arreglaron bastante bien a través de acuerdos comerciales mutuos sin China durante décadas. El punto de Trump es que pueden hacerlo de nuevo y le convendría más, y además se da cuenta de que China no es el único país que puede jugar el juego de “acceso denegado al mercado”.

Trump también puede estar pensando que una mayor presión económica convertirá las muy reales preocupaciones de seguridad interna de China en una crisis total. Después de todo, sin resultados económicos, el PCCh pierde legitimidad, y los 1600 millones de chinos ya saben esto. Los responsables de la política estadounidenses pueden estar apostando a que Xi y el PCCh no están preparados para el alcance, la velocidad y la profundidad del desafío de Trump.

Si las negociaciones de Estados Unidos con el Reino Unido, la UE y Japón tienen éxito y el comercio de China con Occidente se reduce significativamente, las consecuencias a corto plazo de tal cambio estratégico en el comercio serían desastrosas para la economía china, sin mencionar lo que sería para el prestigio y la legitimidad de Xi y el PCCh. Xi tendría que lidiar con la pérdida de acceso al mercado en gran parte de Occidente (incluido Japón). La estabilidad interna podría convertirse en una verdadera rebelión en algunas zonas, lo que obligaría a Xi a centrarse en el control de su inquieta población. La economía china y el PCCh pueden colapsar bajo su propio peso de corrupción, deuda e ineficiencia.

El pronóstico a largo plazo de las políticas de Trump bien podría tener la intención de lograr ese resultado. Aislado y abandonado a su suerte, el PCCh tendría una tarea difícil en mantener a su gente bajo control. De hecho, el objetivo último de la política de Trump puede ser provocar el colapso del PCCh y quizás incluso la desintegración de la forma actual de China.

Tal vez Trump está pensando que puede cambiar las cosas y “entrometerse” en los asuntos internos de China. Tal vez su gran juego sea proporcionar el catalizador para el surgimiento de una revolución capitalista y pro-occidental en China, que finalmente libere las cadenas de un sistema político corrupto e inhumano por la de un sistema pacífico que ya no amenace con destruir las economías de sus socios comerciales y el orden internacional.

¿Qué te parece eso para “El Arte de Negociar”?

James Gorrie es un escritor radicado en Texas. Es el autor de “La crisis de China”.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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