Los ‘Chalecos Amarillos’ y la crisis del Estado de bienestar

Por Juan David García Ramírez

Los movimientos de protesta que días pasados han conmovido la tranquilidad social en las grandes urbes europeas –comenzando por París– acaso evoquen los tiempos convulsos de la Roma imperial; instancia aquella en la que la disconformidad de sectores bien representativos de la población supo hacerse sentir en las calles –al menos, así lo relata Tácito en su Historia.

A lo largo de las últimas horas, turistas despistados y opinadores esnobistas se han escandalizado con el accionar de las turbas, con los bloqueos de avenidas, plazas o del funcionamiento de trenes subterráneos, así como con los ataques registrados en perjuicio de las fuerzas del orden.

A aquellos, tras no haber tomado nota respecto de la crisis del Estado de bienestar, les resulta incomprensible que en París, Berlín, Madrid o Estocolmo, la conflictividad social se haya acentuado. En París –conforme ya se ha visto–, los comentados ‘Chalecos Amarillos‘ se tomaron las calles durante semanas, en abierto rechazo a la decisión del gobierno del presidente Emmanuel Macron de aumentar el precio de los combustibles. En Madrid, desde tiempos de la recesión económica, las manifestaciones masivas de pensionados y empleados públicos –inicialmente autocalificados como ‘Indignados’– tuvieron por fin explicitar una férrea oposición contra los recortes, y hoy son cosa de todos los días. En Berlín, Frankfurt y otras ciudades germanas, miles de ciudadanos han expresado sus reparos en torno de los efectos nocivos que comporta la entrada indiscriminada (y carente de control alguno) de centenares de miles de inmigrantes provenientes de Oriente Medio.

Ya desde los años sesenta, generaciones enteras de europeos volviéronse permeables a una fe ciega en el Estado como proveedor de bienes y servicios, garante este de estabilidad social y económica, y como solucionador primigenio de toda problemática emparentada con el individuo. El transporte, la educación, la salud y, tiempo después, la política agraria, la previsión social, la gestión de los asuntos culturales y hasta el control del consumo, se propusieron como excusa para nutrir un crecimiento desmedido de los gobiernos y de la propia Unión Europea –todo lo cual ya se ha agotado. El ciudadano europeo promedio tenía por costumbre burlarse de sus pares estadounidenses, asiáticos y de la América Latina –aunque sobre todo de los primeros, dadas las incontables horas de trabajo que les caracteriza y el escaso tiempo familiar y para vacaciones. Todo ello, mientras italianos, españoles y franceses –siempre gracias al formato de Estado-niñera propugnado por el modelo socialdemócrata europeo– podían y, aún hoy, pueden irse de vacaciones casi durante dos meses en el verano, y obtener licencias médicas a partir de un simple dolor de cabeza; como también pudieron acceder a subsidios de desempleo y a cuantiosas variantes de beneficios, por el solo hecho de existir. Al punto tal en que millones de inmigrantes se exhiben hoy dispuestos a perecer en el Mar Mediterráneo, con tal de aprovechar para sí las mieles del asistencialismo.

Sin embargo, hoy día, cuando les toque despertar del sueño, lo cierto es que esos mismos europeos ya no se ríen tanto de sus pares en otros continentes. De tal suerte que, ahora, padecen las consecuencias de haber puesto a la economía de mercado y a la democracia liberal al servicio de la utopía socialista. Hace a esta realidad la estadística de Estados eminentemente gigantescos, como el francés o el español, en donde el 22 y el 16% de la población, respectivamente, ocupa puestos en el sector público. Estos guarismos permiten comprender cómo es posible que tantas personas sigan oponiéndose a la implementación de reformas económicas profundas, por cuanto aquel sistema es el que les ha mantenido aislados de los riesgos de la vida real.

El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, acaso buscando evitar un movimiento similar al de Francia, ha tomado la decisión de incrementar el salario mínimo en un 22%. No caben dudas: le lloverán aplausos, y su índice de popularidad mejorará. Pero, más tarde o más temprano, la iniciativa resultará onerosa para su país, en tanto que ella solo servirá para pisar el acelerador hacia el esperable colapso del Estado de bienestar.

Publicado a través de El Ojo Digital

Publicado originalmente en El Quindiano (Armenia, Colombia)

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