El muro de Berlín y el hogar cárcel del comunismo

Por Richard Ebeling

Por casi 30 años, el Muro de Berlín simbolizó la lucha entre la democracia de Occidente y la tiranía comunista. Este 9 de noviembre de 2018 marca casi 30 años desde que los berlineses del Este y el Oeste irrumpieron en el Muro de Berlín en 1989, con la determinación de derribar esa barrera a la libertad humana.

El Muro de Berlín fue símbolo de la clara diferencia entre una sociedad libre en la cual la gente tenía libertad de ir y venir como quisiera en paz, y una sociedad tiránica en la cual el régimen totalitario impuesto por los soviéticos tenía tanto miedo del deseo del pueblo a irse, que hizo brutalmente todo lo que pudo para mantenerlos prisioneros dentro de las fronteras del Estado marxista.

Vale la pena recordar cómo y por qué se construyó el Muro de Berlín, y lo que significó en la gran lucha entre la libertad y la tiranía en el desarrollo de los eventos políticos del siglo XX.

Sellar a la gente detrás de un muro de tiranía

El 10 de agosto de 1961, Nikita S. Khrushchev, el primer ministro de la Unión Soviética, asistió a la fiesta de cumpleaños en Moscú de Sergei S. Verentsov, el mariscal soviético a cargo del programa de misiles en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Khrushchev informó en la celebración, compuesta por militares soviéticos y dignatarios políticos, que algo trascendental estaba por ocurrir.

“Vamos a cerrar Berlín”, anunció Khrushchev. “Vamos a colocar rollos de alambre de púas y el Oeste se va a quedar ahí parado como un tonto borrego. Y mientras se quedan allí parados, terminaremos un muro”. La multitud irrumpió en un caluroso aplauso.

La ciudad de Berlín había sido dividida en cuatro zonas de ocupación de los Aliados al final de la Segunda Guerra Mundial en Europa. La mitad al este de la ciudad era la zona soviética. La mitad al oeste estaba dividida en las zonas estadounidense, británica y francesa, rodeadas de la zona de ocupación soviética en Alemania del Este.

La zona de ocupación británica o estadounidense más cercana en Alemania del Oeste estaba 170 km al oeste. Los soviéticos habían establecido una “república del pueblo” en su zona—la República Democrática Alemana, con Berlín del Este como su capital.

Entre fines de los 40 y 1961, más de 4 millones de alemanes del este y berlineses del este aprovecharon la relativa facilidad para cruzar de la zona soviética en Berlín a una de las zonas del oeste para “votar con los pies” y dejar el “paraíso de los trabajadores” que Moscú les había impuesto. El masivo éxodo fue una gran vergüenza tanto para el gobierno de Alemania del Este como para el soviético. También significó una gran pérdida de trabajo calificado y de muchas de las ocupaciones profesionales.

Los soviéticos casi pudieron mantener completamente en secreto que Berlín del Este iba a ser sellada. El sábado 12 de agosto de 1961, 1573 alemanes del este cruzaron la línea que separaba Berlín del Este y del Oeste y se registraron como refugiados que querían vivir en el Oeste. Ellos fueron el último grupo al que se le permitió partir libremente. Los soviéticos colocaron alambre de púa a lo largo de la Puerta de Brandeburgo de cara a las zonas occidentales en el centro de la ciudad. Y a las 2:3o de la madrugada del 13 de agosto, la frontera entre Berlín del Este y el Oeste fue cerrada.

“Éxitos” y “fracasos” del muro

Dos días más tarde, el 15 de agosto, se comenzó a trabajar en el Muro de Berlín; estaba hecho de ladrillos y concreto y tomó dos años completarlo. Cuando lo terminaron, tenía 45 km de largo y casi 3 metros de alto, con alambre de púas por encima. Los guardias de Alemania del Este, armados con metralletas, disparaban a cualquiera que intentara cruzarlo. Había también un área de 180 metros antes del muro, cubierta de minas personales y patrullada por perros policía.

Aún así, a pesar de todo, durante los 28 años de la existencia del muro, entre 1961 y 1989, se estima que 5000 personas lograron escapar, ya sea por encima, por debajo o a través del muro. Algunos escaparon por el sistema cloacal bajo el muro. Otros cavaron túneles—el más largo tenía 150 metros de largo, por el cual entraron 57 personas a Alemania del Oeste en 1964.

Una mujer cosió uniformes militares soviéticos para tres amigos varones, que condujeron por uno de los puestos de control del muro con ella apretujada bajo el asiento delantero. Un arquero disparó una flecha con un cable por sobre el muro desde un edificio en Alemania del Este y se deslizó hacia la libertad.

Algunos construyeron globos aerostáticos y máquinas precarias para volar, usando motores de bicicleta para impulsar el vuelo por sobre el muro. Otros nadaron por canales o ríos que separaban partes de Berlín del Este y del Oeste.

Traficantes de libertad

También surgió un negocio de contrabando que publicaba avisos en los periódicos de Alemania del Oeste. Una de tales compañías, Aramco, con sede central en Zurich, Suiza, enviaba comunicados de prensa en los que publicitaba sus “métodos técnicos más modernos”. Los precios de la compañía no eran tan irracionales: de 10.000 a 12.000 dólares por persona, con “descuentos por cantidad” para familias, pagable a un número de cuenta de un banco suizo. Si un intento de escape fallaba, la compañía le reembolsaba la mayor parte del dinero al occidental que apoyaba financieramente el escape.

El gobierno de Alemania del Este publicó avisos de “buscado” del lado de Berlín del Este en el puesto de control Charlie, en los que ofrecía 500.000 marcos alemanes para el director de Aramco, Hans Ulrich Lenzlinger. Los posters se referían a él negativamente como un “comerciante de personas”. En febrero de 1979, alguien cobró la recompensa por la cabeza de Lenzlinger, luego de que le dispararan repetidamente en el pecho y muriera en su casa en Zurich.

Él no fue la única víctima de los intentos de escape. Durante esos 28 años de la existencia del muro, 80 personas perdieron la vida tratando de llegar al lado occidental del muro. Otras más de 100 personas perdieron la vida tratando de escapar por otros puntos de la fortificada frontera de Alemania del Este.

Una de las matanzas más inhumanas sucedió en agosto de 1962. Peter Fechter, un albañil de 18 años, recibió un disparo mientras intentaba escalar por sobre el muro. Durante 50 minutos suplicó ayuda mientras se desangraba lentamente hasta morir por la herida a la vista de soldados y periodistas que observaban desde uno de los puestos de control en el oeste. Solo después de que murió, los guardias del este recuperaron el cuerpo.

El Muro de Berlín llegó a simbolizar la Guerra Fría y su división del mundo en dos mitades, una mitad aún relativamente libre y la otra mitad bajo la tiranía más brutal y abarcadora que hubiera experimentado la historia moderna. Se suponía que nada podía cruzar la Cortina de Hierro de vallas con púas, campos minados y torres de vigilancia con metralletas que atravesaban Europa Central desde el Báltico al Mar Adriático, sin el permiso de los amos soviéticos en Moscú.

El muro versus el derecho a moverse

Lo que el Muro de Berlín representó fue la idea del siglo XX del individuo como propiedad del Estado. Detrás de ese muro, el gobierno de Alemania del Este le decía a la gente dónde vivir y trabajar, qué productos podían consumir y qué distracciones y entretenimientos tenían permitidos.

El Estado determinaba lo que podían leer, mirar y decir. Ellos no podían abandonar el país—ya sea para visitar o para siempre—a menos que sirviera a los objetivos e intereses de sus amos políticos. Si alguien intentaba irse sin permiso, podían dispararle y dejarlo morir, solo y sin ayuda, mientras el resto tenía que quedarse ahí observando horrorizado.

En el siglo XIX, el gran triunfo del liberalismo clásico había sido la abolición de la última de las antiguas restricciones sobre el derecho del individuo a su vida, la libertad, y a adquirir propiedad honestamente. Esto incluía el derecho de la gente de viajar libremente sin la interferencia o control del gobierno.

En tiempos anteriores, no solo las dificultades físicas de transporte le impedían al hombre moverse ampliamente de una región o continente a otra. A la par de las barreras físicas, había barreras legales de impuestos, peajes, pasaportes y servidumbre, la cual ataba a la vasta mayoría de la gente a la tierra que poseían las castas políticas privilegiadas y con títulos.

Los liberales clásicos y economistas clásicos de principios del siglo XIX promovían la quita de tales restricciones a la libertad de las personas. El principio guía era que un hombre tiene el derecho de propiedad de sí mismo, que él se posee a sí mismo. Como lo expresó el economista clásico John R. McCulloch en la década de 1820:

“De todas las especies de propiedad que un hombre pueda poseer, las facultades de su mente y los poderes de su cuerpo son los más particularmente suyos; y estos son los que él debería tener permitido disfrutar, esto es, usar y ejercer a su discreción […] en cualquier forma no injuriosa a otros, [como] él considere más beneficioso para sí mismo”.

Una extensión lógica del derecho a la autopropiedad sobre la mente y cuerpo de uno, y su uso para avanzar sus propósitos personales y pacíficos, era el derecho a moverse donde él creyera que podía mejorar sus circunstancias.

A medida que progresaba el siglo XIX, las varias restricciones sobre la libertad de moverse fueron removidas. Los pasaportes prácticamente fueron eliminados por todos los países principales de Europa y Norteamérica, y las barreras legales para emigrar o inmigrar fueron casi completamente abolidas en estas mismas naciones.

Decenas de millones de personas, por su propia cuenta y con financiamiento privado, dejaron sus lugares de nacimiento en búsqueda de mejores vidas y fortunas en países y continentes de su elección. El libre comercio de gente igualaba al creciente libre comercio de bienes y capital. Unas 60 millones de personas aprovecharon la mayor libertad de movimiento entre 1840 y 1914 antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial. Más de la mitad de esos 60 millones llegaron a Estados Unidos para comenzar una nueva vida en una sociedad de libertad.

Barreras a la libertad

Pero con la llegada de la Primera Guerra Mundial, los gobiernos restituyeron el pasaporte y otras restricciones a la libertad de movimiento. Junto con el levantamiento de las ideologías totalitarias en los años siguientes al fin de la Primer Guerra Mundial, la libertad de movimiento fue abolida.

El comunismo, el fascismo y el nazismo, todos trabajan bajo la premisa de que el individuo es subordinado y vive y trabaja solo para hacer avanzar los intereses del Estado. Como un “objeto” propiedad del Estado, el individuo se quedaba ahí o era removido a la fuerza a algún otro lado bajo las órdenes brutales de la autoridad política.

El economista alemán de mercado libre, Wilhelm Röpke, señaló una vez que:

“El nacionalismo y el colectivismo moderno, por medio de la restricción a la migración, han quizá llegado a lo más cercano del ‘estado servil’ […] Difícilmente el hombre pueda ser más reducido a un mero engranaje en la maquinaria del Estado colectivista nacional, como cuando es privado de la libertad de moverse […] Al sentir que él pertenece ahora a esta nación, en cuerpo y alma, seremos más fácilmente sometidos al estado obediente de servidumbre que demandan los gobiernos nacionalistas y colectivistas”.

En las cercanías del 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín, deberíamos recordar todo lo que representó como símbolo de la tiranía bajo la cual el individuo era marcado con la etiqueta ‘propiedad del Estado’. Él no solo era controlado en todo lo que hacía y decía públicamente, sino que cada movimiento era observado, comandado o restringido.

La libertad en todas sus formas—hablar, escribir, asociarse y adorar como queramos; buscar cualquier ocupación, profesión o empresa privada que la inclinación y oportunidad nos sugiera; y visitar, vivir y trabajar donde nuestros sueños y deseos nos conduzcan en busca de una mejor vida—son cosas preciosas.

La historia del Muro de Berlín y la ideología comunista detrás nos debería recordar cuán importante es la pérdida de cualquiera de nuestras libertades a medida que determinamos hacia qué dirección—hacia una mayor libertad individual y libre empresa o hacia más comando y control del gobierno—queremos que nuestro país se mueva en el siglo XXI.

El Dr. Richard M. Ebeling es un distinguido profesor de ética y liderazgo de libre empresa en la Universidad Militar The Citadel en Charleston, Carolina del Sur.

Las opiniones expresadas en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de La Gran Época.

 
 
 

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